8 retratos que cambiaron mi forma de ver la vida

Retrato señor de San José
Cada rostro tiene historia. Por algo la vida les cruzó en mi camino. Aquí comparto ocho fotografías que me hicieron crecer como persona.

De este primer retrato tuve la historia. Con detalles, nombres, fechas y momentos que atesoraba este señor. Fue al costado este del Ministerio de Hacienda en el corazón de San José, la capital de Costa Rica.

Ese día, la entonces recién nombrada fiscala general, Emilia Navas, allanaba la oficina del viceministro Fernando Rodríguez, para buscar evidencia relacionada con el caso de corrupción del Cemento Chino.

Durante toda la jornada, mientras los periodistas y fotoperiodistas esperábamos que se terminaran las diligencias, este señor se apoderó de la entrada de su hogar. Hogar que en algún momento fue la Gobernación de San José.

Su historia, como le conté, la recopilé con lujo de detalles. Noviembre del 2017 llegaba a su fin y él, mientras el mundo agitado se pasaba frente a su palco, estaba ahí, parsimonioso, quieto, analítico, cambiando la posición de sus piernas cada cierto tiempo, tranquilo.

No tengo su historia -y me duele haberla perdido-, pero me dejó una gran enseñanza de aquel nublado y lluvioso día: la vida se vive mejor cuando la felicidad se centra en pequeños detalles, buscando ángulos positivos y asombrándose como niño.

Olvidé su nombre, pero recuerdo esta frase: «bueno, pobre muchacho al que entraron a buscar ahí. Al menos para mí el día fue diferente».

¡Ironías!

Aquella tarde, cientos convergían en los alrededores del Mandalay Bay, en Las Vegas. La masacre más numerosa perpetrada por un civil en los Estados Unidos estaba abierta en la memoria colectiva como una herida que aún sangraba.

Aquella noche de octubre del 2017, a las 22:08 horas, Stephen Paddock arremetió contra el público que estaba en una plaza al otro lado de Las Vegas Strip en un concierto de música country. El saldo de su atroz ataque con armamento militar fue de 59 muertes y 851 heridos.

Para esos días, la Federación Mundial de Taekwondo -reconocida por su postura de vivir en paz- realizó un acto póstumo in situ para todos los afectados, víctimas y familiares.

Cubriendo el evento, volteé el Mandalay Bay, pensando en verbos pasados, y vi a este indigente buscándose la vida. La imagen me marcó sobre dos sentidos a nivel individual.

La primera paradoja me brotó cuando pensé: ¿hoy cientos vienen aquí a homenajear a los fallecidos, mientras muchos divagan muertos en vida haciendo maromas para mantenerse en pie?

La segunda: la muerte pesa más que la satisfacción de la solidaridad. Este tipo divaga por aquí buscándose la vida, mientras estamos aquí lamentando a los que ya se fueron.

Herencias

A Martina me la encontré, feliz, en la primera cuesta de Santa Catarina de Polopó, en Atitlán, Guatemala, por donde llegué en lancha.

Tejía y tejía, mientras me contaba rápidamente que el oficio lo aprendió de su madre y su madre de su abuela. Relató que está acostumbrada a las preguntas de los turistas y a no perder la cuenta de sus puntadas mientras habla.

De Martina no me sorprendió su capacidad manual de hilvanar hilo a hilo, sino la virtud de aprovechar la mínima oportunidad para decir con orgullo parte de su historia, sus orígenes.

¡Gracias Martina!

Reinventarse

Dice mi mamá que mi abuelo ligó a mi abuela después de una plaza pública de Pepe Figueres. El secreto fue invitarla a La Suyapa, la tradicional heladería de Pérez Zeledón.

Saber si fue un fresco de crema o una ensalada de frutas, arrollado de pollo o helado artesanal. Lo cierto es que La Suyapa ha mantenido su punto a lo largo de la historia, por más de 50 años (no existe registro preciso de su fundación).

Un día, reporteando para TV SUR, decidí contar la historia de esta heladería y me encontré detrás del mostrador al hijo de los fundadores: don Óscar Ramírez.

Me encontré un señor humilde, amable, preocupado por la crisis económica que comenzó a nacer por la pandemia del COVID-19.

Al lado suyo, al fondo de la barra de cocina, estaba Óscar, su hijo, quien llegó a darle soporte para registrar el establecimiento en plataformas digitales.

Dentro de sus declaraciones, Óscar padre, decía que pese a su resistencia por reinventarse y crear un nuevo modelo de negocios, estaba agradecido con su hijo por venir a aportarle.

Las palabras calaron tanto en mí, que me hicieron entender tres cosas: para avanzar en cualquier proyecto hay que ser humilde para escuchar opiniones; ser prudente para saber cuáles de esas opiniones harán crecer mi proyecto y, tercero, entender que aunque sea algo desconocido o retador, siempre vale la pena intentarlo para reinventarse y seguir avanzando.

Compartir la felicidad

El sol era abrasante y la familia Rosal Sosa, que me dio servicios gratuitos de guía, me llevaba rápido por el malecón de Panajachel.

Nuestro objetivo era encontrar algún servicio de lancha que nos llevara a almorzar a Santa Catarina, el lugar donde encontrá a Martina.

En el camino y deteniendo el ajetreo, Juan, un niño vendedor de souvenirs, se nos acercó a ofrecernos sus productos. Le agradecimo.

Aprovechando el paisaje, Federico me pidió una foto con su familia. Juan, expectante, se quedó al lado, esperó la foto de los Rosal Sosa y de pronto se metió, para el segundo tiro. Gritó y dijo: ¡tírale a la foto!

Cualquiera en la posición de Juan estaría amargado, quejoso, enojado y maldiciendo. Pero aquella alma, aquel espíritu, aquel niño trabajador me enseñó que siempre amanece y depende de cada quién si disfruta levantarse.

La felicidad es algo intangible, pero influyente. Las sonrisas son gratis y provocarlas con acciones comunes debería ser un estilo de vida, así como lo enseñó Juan.

Extender la mano y valorar la compañía

No tengo nada que agregar. La historia está en la descripción. Incluso, la foto de don Alcides las imprimí y las colgué en mi pared. Mi madre pregunta que por qué, yo recuerdo la enseñanza.

Quien no conoce la historia, está condenado a repetirla

A media limonada de coco en un bar que funciona donde fue una sala de una casa, levanté mi mirada y vi a algunos metros a Alfredo.

Estaba ahí, viendo hacia la pared de casitas que enchapa la montaña de La Comuna 13, de Medellín, en Colombia. En su mirada encontré melancolía, memorias y esperanza.

¿Por qué esperanza? Me contó en primera persona cómo cambió aquel barrio teñido de sangre, injusticia, desplazados y dolor, por ser uno de los spots de turismo urbano más importantes del planeta.

«Esto primero eran mangas y caminos y de un momento a otro todo el mundo levantó ranchos», me dijo, justo después de presentarme y darme un repaso breve de las atrocidades que vivieron los lugares a inicios de siglo, especialmente.

La historia, por fea que sea, debe inmortalizarse, traspasarse, contarse, pero con conciencia. Es lo único que va a librarnos de volverla a repetir. Las sociedades están para evolucionar.

La adversidad a nuestro favor

Quienes subieron la piedra de El Peñol, en Antioquia, saben que la presión de los que vienen atrás es agobiante, el subonazo brusco golpea el pulmón y que el vértigo no es buen aliado.

Con Alcides ratifiqué que la vida no es justa. Es uno de los encargados de subir al hombro los insumos a la cima del centro turístico. Paso a paso, capeando gente y recibiendo un salario risorio.

Por 60 cervezas le pagan, aproximadamente, US$4.42 y hace el recorrido hasta diez veces diarias.

Más que la crítica sobre el sueldo de Alcides, encuentro algo muy rescatable: mientras todos vieron adversidad, él encontró la manera de ganarse la vida. ¡Bingo! Ya lleva muchos pasos más que nosotros, se convirtió en solución y no en problema.

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