Historia de falso amor y persuasión policial: mi ruta hacia Manchester

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Hay imprevistos en los viajes que agobian. En esta ocasión los míos tuvieron que ver con migración.

Los aeropuertos son testigos de miles de situaciones, besos sinceros, lágrimas profundas y en mi caso una historia de falso amor y persuasión policial.

A ciencia cierta lo único que puedo dar como hecho es el falso amor, no sé si la persuasión policial fue real o por piedad.

Mis viajes son en mayoría por trabajo. Mi oficio es de cronista y fotoperiodista con un sitio especializado en taekwondo que se llama MasTKD.com y parte de su función es la cobertura del circuito olímpico.

Entenderá, que lejos del ocio, cada aventura se convierte en una odisea —así como la de Ulises— para superar diferentes barreras: los servicios sanitarios en Corea, cruzar la calle en Reino Unido, no ser atropellado en Aruba, llegar a tiempo al vuelo en Ciudad de Guatemala, no ser asaltado en el metro de Ciudad de México, no morir en el intento de conquistar la Piedra del Peñol, en Antioquia, Colombia y así un montón de situaciones más.

En esta ocasión hablaremos de algo con menor adrenalina, pero mucho más estrés.

Cuando aterricé en Miami, mi cruce por el patio del Tío Sam se acabaría algunas horas después saliendo por Philadelphia, ahí me montaría ocho horas en una clase económica e incómoda del asiento del centro con destino a Manchester.

La ilusión fue la primera en empacarse en mi equipaje, iba para Europa a trabajar, a un Campeonato Mundial de Taekwondo, solo y con un detalle que me percaté hasta que estaba en el puesto de Migración del Aeropuerto Juan Santamaría, en San José: mi pasaporte vencería en tres meses.

La oficial de Migración me hizo más preguntas que de costumbre, no entendía porqué hasta que vi la fecha de expiración. Ella no me dijo nada y la aerolínea tampoco. En ambos casos la conversación acabó con un: que le vaya bien. Sonriendo.

Entiéndase que sin saberlo, hasta ese momento, el destino hizo dos jugadas a mi favor y sin siquiera pedirlo. Conozco una pareja que no los dejaron abordar porque la vigencia de sus pasaportes era de cinco meses y perdieron sus vacaciones. Teóricamente el mínimo necesario es de seis meses.

Las cuatro horas hacia Miami fueron de muerte lenta. La fila de Migración para escuchar el discurso: «Welcome to United States of America» fue eterna cuando un mail decía que mi host cancelaba la reserva para semana y media.

Tenso por el pasaporte y preocupado por la idea de volverme indigente en Manchester, en la fila recibí un abrazo por la espalda. Sorprendido volteo y era una buena amiga: Ericka Rivera, una árbitro de la disciplina que fue convocada al magno evento.

Hablamos, le conté mi situación y cuando llegó el turno de la prueba de aceptación o rechazo, cada uno tomó su oficial. Yo elegí mal: un latino que me hablaba en español pausado y acento gringo. Su apellido lo terminó delatando.

Todo fue bien, preguntó a qué me dedicaba, qué hacía en Estados Unidos —dije que solo escala—, que si había estado antes y esas cosas de trámite para ver cuándo miente uno.


Vio la primera página detenidamente siguió y de pronto se devolvió y le pegó una postalita roja al dorso del pasaporte seguida de un speech tan memorizado como natural: joven, ehh, este, no puedo permitirle la entrada. Necesitas una prórroga de tu documento de viaje, ehhh, este… tu pasaporte vence en tres meses».

Supongo que me puse rojo, blanco, verde, azul y de cualquier color, lo vi fijamente y tuve que acudir a Ericka que me esperaba al lado allá, donde los mortales ya están dentro.

-Ya voy mi amor-, dije levantando la palma izquierda y moviéndola para que me esperara. Ella me veía con cara de: ¿qué demonios?

-¿Se conocen?-, preguntó el oficial.

-Sí señor-, repliqué.

-¿Por qué no pasaron juntos?-, interrogó.

-Bueno, tenemos relativamente poco y no sabíamos que podíamos hacerlo. Como legalmente no tenemos ninguna relación, creímos que podía ser un error-, justifiqué tratando de aplicar toda la Teoría de la Comunicación que me enseñó mi estimado Jorge Hernández, para que aquel quisquilloso no me detectara.

Después de unos cuantos argumentos, como que estuve varias veces y siempre cumplí los plazos, nunca detenido, record limpio y que tengo arraigo en mi país, el tipo me miró y dio respuesta definitiva:
-Vea: voy a darte la entrada. Voy dejarte, pero al regreso no sé cómo harás, pero no podrás entrar. Debes renovar tu documento. Vete-, concluyó.

Probablemente el tipo supo que mentía con mi historia de amor, porque el resto era cierto, no sé ni quiero pensar en ello. Probablemente el tipo vio a Ericka con su metro cincuenta ahí, indefensa y a la espera con cara de confusión. No sé, no sé. La cuestión es que salí lo más rápido que pude, le expliqué a Ericka y nos dirijimos a la Sala.

Casi obligada, se volvió mi compañera inseparable de no más de cinco metros de distancia. Una vez más el destino me jugaba a favor en cuatro ocasiones. Lástima que no iba a Las Vegas.

Seamos sinceros: ¿cuál es la probabilidad de encontrar en un vuelo a alguien que uno conoce sin saber que va ahí? ¿Cuál es la probabilidad que un oficial de migración estadounidense se apiade de un tipo con cachetes camaleónicos ante el estrés y nervios? No sé cuál sea la probabilidad, pero que es baja, es baja.

Como golpe final, nos enteramos que un grupo de ticos que iba para el mismo lugar sufrió la pérdida de un vuelo y se iría en el mismo que nosotros dos. Coordinamos y cuando llegaron a la Sala —contratiempo, como buenos ticos— los abrace como un político abraza su electorado en campaña y les expliqué que pasaríamos juntos como delegación en Manchester, eso bajaría la probabilidad de un rechazo.

Dicho y hecho, la amable oficial inglesa solo revisó que no necesitáramos visa y dijo que su sueño era conocer Costa Rica, Manuel Antonio. Recibió el lote de pasaportes y los selló sin problema.

Estaba dentro y la aventura comenzaba.

Si usted llegó hasta este punto, dejaré de hablar en primera persona y le daré algunos consejos y observaciones por si planea visitar Manchester. Especialmente si no quiere gastar mucho y si va con poco tiempo de ocio.

Espacio en la memoria :

Si es de los viajeros que disfrutan de la fotografía, lleve mucha memoria, ya sea en el celular o en la cámara. Si su cámara es DSLR o de lente intercambiable, asegúrese de empacar un gran angular o angular.

La arquitectura vetusta y moderna contrastan en Manchester. El impacto en la retina es espectacular. Un buen sitio para caminar y descubrir lindas estampas es en los alrededores de la Victoria StationIndigo Hotel, y todo el boulevard que lleva hasta Picadilly, incluida la parada en Picadilly Gardens.

Incluso, en los jorobados edificios de ladrillo, hay murales callejeros que creo que son verdaderas obras de arte.

Tome el tren:

El tramo del aeropuerto hasta el centro es un poco extenso y costoso. Por un monto bastante menor, puede llegar hasta el centro tomando el tren en el mismo aeropuerto.

Una manera de programar el viaje y comprar los tiquetes, es mediante la app Trainline, disponible para Android e IOS. Trae los orígenes y destinos, precios, rutas y más información que puede ser útil.

Más café y menos fiesta:

El café es una de las bebidas más consumidas en Mánchester, hay de todo tipo: petfriendly, para viejitos, jóvenes, ancianos, rockeros, intelectuales y demás.

El corazón de Manchester late entre la agitación de Picadilly y la parsimonia del resto de la ciudad.

De hecho, no es un buen lugar para irse de fiesta. Todo cierra entre las 9:00 y 11:00 p.m., los jueves va un poco más tarde y viernes y sábados se extiende como hasta las 2:00 a.m.

Poco efectivo:

Aunque el efectivo es necesario para cualquier emergencia, prácticamente todos los servicios permiten el pago electrónico con tarjeta.

La alimentación es cara, la hidratación accesible, el café muy barato y en términos generales de economía: es Europa.

Tres lugares para comer sabroso:

Primero sobreviví con wraps y ensaladas de McDonalds porque salía tarde de trabajar. Luego descubrí tres lugares que son muy ricos y accesibles.

En Picadilly Gardens, al costado suroeste hay un sitio llamado Barburrito. Su oferta no es solo de comida mexicana pura y dura, sino también de comida ‘britanizada’ adaptada al estilo mexicano. Realmente delicioso.

Dough Pizza Kitchen, a cuatro cuadras del Manchester Arena, el sitio ofrece pizzas dignas de dioses. Con ensaladas, carnes. Es decir, hay para todos gustos y colores. Se ubica en el cruce de la High Street y Thomas Street.

Gino D’Acampo My Restaurant. Es quizá el más caro de todos, pero su cocina italiana, especialmente pastas, es de muerte lenta -y no por estrés-. Localiza entre Corporation Street y Withy Grove.

El fútbol mueve el mundo:

Reino Unido es la cuna del fútbol, ese deporte capaz de todo. Su historia se resguarda en el Museo Nacional del Fútbol. La experiencia es enriquecedora y divertida.

Posee simuladores y retos interesantes y de mucha diversión. Lo mejor de todo es que si usted posee un carné de estudiante, es válido y puede ingresar por un precio especial.

Varios detalles a tener en cuenta:

Mánchester es quizá uno de los lugares, después de San José, donde hay indigentes en muchos espacios. Aunque uno se siente inseguro, el lugar es seguro y la policía se mueve con mucha eficiencia por la ciudad.

Las casas de cambio del exterior no tienen mucha diferencia con respecto a las del aeropuerto.

Los tomacorrientes son estilo europeo —por razones obvias—, por lo que hay que comprar un adaptador.

Los tours por los estadios son cotizados y de precios altos, pero de experiencias innolvidables para quienes viven y sienten el fútbol.

Estos considero, son los tips más valiosos que debe considerar alguien que viaje con poco presupuesto, tiempo limitado y ganas de caminar por Mánchester.

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